Por Carolina Ortega
My Event Tours / Edición de Viajes y Cultura
Hay viajes que se hacen con los pies y otros que se hacen con las palabras. El inglés, lengua global de aeropuertos y contratos, sirve para moverse por el mundo sin perderse; pero el español, con su música interior y su historia viva, es la lengua que permite encontrarse.
Durante el último siglo, el inglés se impuso como idioma universal del progreso. Fue la lengua de los negocios, de los laboratorios y de los algoritmos que ahora gobiernan nuestras búsquedas. Sin embargo, su expansión (tan práctica, tan fría) ha ido dejando un vacío: la falta de emoción. El inglés conecta máquinas; el español, personas.
El español no solo se habla, se siente. En las calles de La Habana y en las sobremesas de Buenos Aires, en los mercados de Oaxaca y las plazas de Sevilla, el idioma vibra con una calidez que no entiende de fronteras. Es un viaje en sí mismo: una lengua que huele a café recién molido, suena a guitarra al atardecer y se escribe con nostalgia.
Y sin embargo, el mundo hispano no siempre ha sabido presentarse con el orgullo que sí desplegó Francia: esa elegancia cultural que convierte a su idioma en símbolo, en patrimonio. Los franceses exportaron su lengua como quien exporta un perfume o una idea: con conciencia de su valor. ¿Podría el español hacer lo mismo? Sin duda. Solo necesita reconocerse como patrimonio vivo, no como recuerdo colonial ni como dialecto de supervivencia.
Hoy, cuando los viajeros buscan experiencias auténticas más que destinos exóticos, el español podría convertirse en el idioma del viaje emocional: el de la conversación con el pescador gallego, con la poeta chilena, con el guía andino que mezcla leyendas y silencio. Una lengua que no solo describe paisajes, sino que los crea cada vez que alguien los nombra.
El inglés seguirá siendo el idioma de los algoritmos, el de los GPS, los sistemas de reservas, las instrucciones de embarque. Pero el español, con su calidez, seguirá siendo el idioma del alma. El de los saludos sinceros, las risas compartidas, las palabras que no necesitan traducción.
Viajar en español es viajar con el corazón abierto. Y tal vez, cuando las máquinas terminen de calcularlo todo, descubramos que lo único que nos sigue uniendo es la voz humana. Y esa voz, en medio de todos los acentos del mundo, seguirá pronunciando su destino en español.
Yo he recorrido gran parte del mundo hispano documentando la relación entre lengua, paisaje y cultura. Creo que cada idioma es una forma de mirar el planeta, y que el español, con su vastedad y su ternura, sigue siendo una de las más hermosas.
“Escribo sobre mapas que no se trazan en papel, y sobre caminos que empiezan donde termina la brújula” Crónicas del idioma viajero
